50 años

 

Esto es una pequeña parte de nuestra historia.

Hace 60 años, los reclamos de justicia social de la inmensa mayoría de los colombianos, fueron ahogados en sangre.

El asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán Ayala, fue el cenit y a la vez el pistoletazo de arranque de una carrera desenfrenada de violencia contra de la población, por parte del Ejército, la Policía Nacional y bandas de asesinos paraoficiales. Los ricos de siempre, las 22 familias que desde la Independencia de España, han gobernado a Colombia, buscaron entonces un salvador-pacificador. Y lo encontraron en la figura de un militar que una vez en el poder, no quiso abandonarlo. Alarmada la oligarquía de prestantes apellidos, clamó por un frente unido de estudiantes y trabajadores, que restituyeran el orden y la vigencia de las “instituciones democráticas”. Pero una vez de nuevo en el poder, volvieron a las andadas de siempre: para ellos todo, para las inmensas mayorías hambre y represión.

Hace 50 años, los trabajadores bancarios llegamos a una conclusión: Que en aquel periodo había habido una alianza de intereses incompatibles: Una cosa son las angustias de quienes lo tenían todo, y otra cosa son las aspiraciones de quienes no tenían nada.

Y recordando los versos del más hermoso himno del mundo, La Internacional, entendimos que: “No más salvadores supremos/ Ni cesar, ni burgués, ni Dios/ Pues nosotros mismos haremos/ Nuestra propia redención”.

Así, organizados y movilizados en torno a nuestros intereses, los trabajadores iniciamos un recorrido que ha cubierto 50 años de luchas, sudor y sangre, pero sobre todo triunfos, en los que nada nos ha sido regalado.

Y hoy, cuando de nuevo los ricos de siempre han ahogado en sangre los reclamos de justicia social de los colombianos, y nuevamente han encumbrado a otro salvador-pacificador, los bancarios colombianos nos aprestamos a conmemorar el cincuentenario del encuentro con nuestra identidad.

Es una celebración en medio de la crisis social, política y económica que ensombrece a Colombia y al mundo y cuya responsabilidad no es nuestra. Una crisis que arranca en la ilegitimidad de la riqueza de los de siempre, construida sobre el despojo y el robo de lo que a todos nos pertenece.

Por eso, este salvador-pacificador no es nuestro, es el de ellos. Su obra salvadora a las mayorías nos condena. Su paz es nuestra condena a muerte.

Pero no obstante celebramos. Porque es irrefrenable nuestro gusto por la alegría y la vida, una nueva vida para todos. Porque 50 años no es una meta, sino un punto en el camino que nos lleva hacia “El día que el triunfo alcancemos ni esclavos ni dueños habrá Los odios que al mundo envenenan Al punto se extinguirán”.